Me había preparado tanto, semanas y semanas ensayando y practicando que decirle. Primero, el objeto en cuestión, Daniela, tenía cerca de veinticinco años, mirada perdida, sueños rotos, semblante tenaz, escuchaba música interesante, recitaba poemas de autores que yo no había escuchado en mi vida, gozaba de una simpatía desorbitante, simple cuando quería, inteligente cuando le preguntaban, tenaz, mordaz, en una palabra ideal. Esto es en mi mente claro; la verdad es que nunca le había hablado antes, sólo la veía entrar todos los días a esa biblioteca, definitivamente estaba preparando la tesis, consultaba sus libros sobre geografía mientras yo detrás de mis hojas la miraba ciegamente, expectante, se arreglaba el pelo de forma natural, sin imaginar siquiera que en la mesa se encontraba un eterno fisgón que no podía dormir sin pensar en ella, que la imaginaba junto a él en un viaje eterno, en una rutina que iba a ser más grata si era con ella. ¿Como partía? ¿Servirá un hola? ¿ o tal vez un chiste para alivianar las cosas ? No sabía que decirle, no imaginaba palabras, ni menos su respuesta.
Claramente me había generado expectativas.
Cómo sabía que se llamaba Daniela se preguntarán, simple, un día en el que no se encontraba me acerque al mostrador donde se encontraba el librero y le pregunté como se llamaba aquella mujer que iba día tras día a la librería, y la que ya había empezado una relación cordial con ese sujeto.
Me miraba poco, algunas veces de reojo cuando me encontraba inmiscuido en mis asusntos, dejenme decirles lo maravilloso que era. Yo me daba cuenta, claro que sí, y era un triunfo para mí. No saben lo que era, era (sin ánimo de ser cursi) una sensación en la cual me sentía como si todo tuviera orden, mi vida se armaba y desarmaba en pedazos con una mirada suya. En algún momento fue tanto lo que me desarmaba, que incluso llevé a algunos amigos para que me dieran su opinión. Me decían que no era para tanto, que necesitaba ir a un psicólogo, que que sé yo , pero a mí no me importaba nada. Muchas veces sabía que no era tanto por lo que me gustaba, sino por ganar el desafío, por lograr tan inesperado triunfo.
Soñaba con un cafe con ella, con el primer beso, con ella desnuda en mi cama, conociéndola de memoria, sabiendo todos sus secretos. Incluso me enfermé en el momento que desapareció, me dolía la cabeza, el estomago, todo, para luego aparecer después de dos semanas y mejorar de la nada, para que la vida tuviera sentido de nuevo.
El tiempo corría en mi contra, tenía que actuar rápido, yo estaba terminando mi tesis, ella me imagino que también estaba en las mismas. Ya era Noviembre y no había logrado ningún avance, nada de acercamiento sólo una pequeña sonrisa al toparnos en aquel mostrador. Tenía que actuar.
Ese día caluroso fue el día que me había marcado como límite. Llegué con mi mochila, el computador, y como siempre saqué mis lentes, me sudaban las manos, tenía todo enredado en mi cabeza, no me salían las palabras, era un desorden. Ella ni me miró, tomó sus auriculares y se pusó a escuchar aquel disco que yo imaginaba sería de algún cantante Francés o tal vez Bob Dylan, que sé yo. Empezó a trabajar. Aquí empieza el desastre, me paré, caminé lentamente y me acerqué a ella, ¿parece simple no? en verdad lo fue, no hubo pensamiento alguno en mi cabeza, sólo el deber que me llamaba, ¿fue lo más correcto? tal vez sí, tal vez no, pero una cosa era cierta y era que tenía que hacerlo.
Me senté, la contemplé algunos minutos, ella notó mi presencia pero al ver que no hacía nada siguió con sus lecturas. Le dije lo que tenía preparado, nervioso, enredado, me miró y me dijo que se iba a casar, le dije que no podía ser, que estabamos destinadosa a estar juntos, que ella no lo sabía pero con tiempo se lo explicaría mejor, en mitad de mis palabras ella empezó a mirar a otros lados, ella no me entendió, pensé con toda la adrenalina en mi cuerpo, le dijhe que me miraba cuando le hablará a lo que ella respondió que no me conocía ( lo que era cierto, formalmente) y que no tenía ni tiempo ni ganas de esto. Me paré, tomé raudo mis cosas y me fui. Tenía un nudo en la garganta, reconozco que lloré y mucho, pero no por ella sino por mi vida, la que ya no tenía más sentido, esa noche dormí como nunca en esos cuatro meses.
Luego de dos semanas volví a aquel lugar, y ella se encontraba en el mismo lugar, me miró se acercó a mi, me dijo que me entendía, que era valiente y que me había reconocido desde hacía ya mucvhas veces, que sabía que la miraba y más importante como la miraba, que estaba con alguien en ese momento y que de todas formas nos fueramos a tomar un café. Levanté la mirada y le dije que el tiempo ya había pasado, que me disculpará por lo del otro día y que no era mi intención importunarla. Al decirle esto no sentí pena ni rabia, sino que el tiempo ya había pasado, que en verdad no pude y que mañana será otro día, que habrán nuevas aventuras y que a la larga mi vida podía volver a tener sentido, tal y como cuando me miraba esas primeras veces mientras yo, en mi inercia y mi asiento, me sentía como el hombre más feliz del mundo.

Fin